Estás siempre ahí, vigilando cada movimiento. A veces tratas de adivinar el estado de ánimo de los demás, o lo que piensa la gente, según cómo mueven las manos, o si desvían la mirada, o si cambian su respiración, y eso te ayuda a elegir otras palabras o cambiar el tema de conversación.
Pero todo es en vano con él, porque a él todo le disgusta. Le disgustan tus uñas (largas, cortas, verdes o azules), le disgusta tu pelo, le disgusta si te pintas (y si no también), le disgusta tu ropa (pantalones largos o cortos, camisetas negras o rosas), le disgusta tu forma de hablar, tu forma de ser cariñosa con él, tu preocupación por su estado de ánimo...
Le disgustas.
Y te disgusta.
Y te disgustas.
1 comentario:
las hice para una carta.. que amablemente perdieron los señores de correos.
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